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La película Tetris (2023), disponible en Apple TV, reconstruye el contexto político y empresarial que rodeó a uno de los desarrollos más influyentes del software lúdico del siglo XX. Pero más allá del thriller geopolítico, lo verdaderamente fascinante es su dimensión tecnológica.
El juego fue creado en 1984 por Alexey Pajitnov en un ordenador soviético Elektronika 60, una máquina sin capacidad gráfica real. La primera versión ni siquiera mostraba bloques como tal: utilizaba caracteres de texto para representar las piezas. No había color, música ni efectos; solo lógica matemática pura aplicada a la caída de figuras geométricas.
Esa simplicidad fue su ventaja estructural. El código era ligero, fácilmente portable y adaptable a distintos sistemas. Copias del programa comenzaron a circular en disquetes por centros académicos soviéticos, luego saltaron a Europa del Este y, finalmente, a Occidente. Antes de que existiera una estrategia comercial definida, Tetris ya se había propagado como un proto-virus cultural digital.
Paradójicamente, su minimalismo técnico —sin narrativa, sin gráficos complejos— lo convirtió en el videojuego más universal y adictivo de la historia.
La trama cinematográfica sigue al empresario Henk Rogers, interpretado por Taron Egerton, intentando asegurar derechos internacionales en un entorno dominado por burocracia estatal y tensiones políticas, en un momento en que el software era propiedad del estado soviético y no del creador mismo.